miércoles, 24 de enero de 2018

LA ÚLTIMA PUERTA (microrrelato y fotografía de begoña casáñez clemente).





            





                                                             LA ÚLTIMA PUERTA


Atravesaba la capa algodón que precede a la luz limpia e intensa. Como un dios ciego, imaginaba la tierra ajena a él que la sobrevolaba, como un miembro amputado, unido a ella por una fina hebra. Sólo la memoria le conectaba con todo lo que era, que se quedaba atrás, cuando el vehículo, irrefrenable ya, se elevó del suelo.

En el diáfano azul, se aferró  a esa hebra que se deshilachaba, como el sol se aferra al horizonte antes de ser vencido por la oscuridad en la eterna lucha diaria.

Caminó las aceras frías de la ciudad lejana. Llegó al portal que tantas veces había imaginado franquear. El timbre sonó perturbador bajo la tímida presión de su dedo aterido, y la puerta se abrió, como el fin de una larga condena.

Se miraron unos  segundos largos como horas en calma. Sonríeron despacio. La hebra se soltó cuando sus manos se tocaron.

Ahora, era un dios ciego y sin memoria.



begoña casáñez clemente

martes, 23 de enero de 2018

PIES DE NIÑA


                                                     



                                                                             





                                                                    PIES DE NIÑA
                                                         



Algo la despertó. Vio en el reloj de la mesilla de noche que eran las once. La luz fluorescente de la cocina de Amadina, atravesaba el cristal biselado de la puerta de su habitación. Caminó descalza sobre las baldosas, que no estaban frías, a pesar de que a esas horas y en diciembre, deberían estarlo. Miró a través de los visillos. La ventana de la vecina estaba abierta de par en par, y ella trajinaba cantando. Freía pescado y se podía escuchar el crepitar del aceite hirviendo, al verter sobre él la vibrante carne blanca y húmeda. Estaba soñando... hacía años que Amadina había muerto y su casa, ahora, estaba deshabitada... si, soñaba... 

Miró a su alrededor. Sobre la nevera redondeada de su infancia, la vieja radio se sostenía silenciosa sobre sus cuatro patas metálicas un poco oblicuas. La vecina cantaba. Cerró los ojos con fuerza. Volvío a abrirlos y miró sus pies. Eran unos pies de niña. Más arriba el volante de un camisón de verano, blanco con flores verdes. Se tapó la cara con las manos. Pensó: ¡estoy dormida!. Recordó que ayer Sasha, le había dado un beso, el primer beso. Tenían apenas doce años.

El timbre de la puerta sonó estrepitosamente. Su corazón latió con fuerza . No quería abrir. Pero él sabía que ella estaba allí. Aquel hombre esperaría y seguiría llamando. No había forma de esconderse. Era mejor abrir y esperar que se fuese pronto. Le diría que su madre estaba a punto de llegar y se iría...si...eso le diría... Si algún vecino le veía allí y  se lo contaba a su padre...si su padre llegaba a saberlo...algo muy malo sucedería, algo de terribles consecuencias...

Abrió despacio, la mano del hombre sujetó la puerta mientras preguntaba por su mujer. No sirvió de nada decirle que no estaba. Entró y la acorraló en una esquina.



begoña casáñez clemente

lunes, 22 de enero de 2018

UNA CASA AFLIGIDA (begoña casáñez clemente).






                                                                                



                                                                

                                                                UNA CASA AFLIGIDA




Al abrir los ojos, un miedo que no la había abandonado en la noche, pero que los sueños habían mitigado, se apoderaba de ella, que era una rehén, ahora ya, de sí misma, pues teniendo la llave de la puerta, jamás la cruzaba convencida de no volver, muy al contrario, una ansiedad axfisiante la acompañaba durante el tiempo, siempre breve, que permanecía fuera, una imperiosa necesidad de regresar junto a él, porque sólo allí se sentía segura, estando presente cuando la requiriese, expuesta a sus ojos, libre así de sospechas en todo momento.
No era que la ansiedad cesase a su lado.  No saber nunca cuanto duraría la tregua antes de la siguiente crisis de ira, le generaban un insoportable nivel de estrés; sudaba, su respiración se hacía dificil,  se sobresaltaba por todo, y suspiraba. Bastaba que él se moviese, para  sentir un pánico incontrolable. Y todo esto lo había conseguido sin ponerle una mano encima. Fueron  suficientes su ambigüedad, sus celos, sus devaneos constantes con otras mujeres humillándola ante los demás, y el hecho de ningunearla, para anular su autoestima, y hacerla sentir invisible, y siempre escarnecida, burlada. Afectándola a tal punto que no podía moverse, ni siquiera hablar podía. Sólo la idea de articular más de cuatro palabras seguidas, se volvía un esfuerzo titánico. Todas serían falsas, porque la única verdad no podía contarla.


A veces recordaba su libertad, en los pocos momentos en que la lucidez conseguía despejar su mente, y comparaba a aquella otra persona  desconocida y lejana que había sido, con la que ahora miraba las paredes durante horas y días, y que no se atrevía a enfrentarse a un espejo, porque no reconocía el reflejo que éste le devolvía.


Se engañaba pensando que no siempre  había sido así, pero lo cierto era que sólo su inicial energía, su necesidad absurda de ayudar, su entrega vehemente, la habían cegado, atrapándola en una tela de araña gigantesca y viscosa de la que era imposible zafarse.

Su muerte había fondeado en la afligida casa, cubriendo los techos de una sombra cenicienta, que ahora se descolgaba despacio, como un tigre que avanza sigiloso hacia su presa.

begoña casáñez clemente

domingo, 21 de enero de 2018





                                                                               




                              DE LA INTIMIDAD,  DE LA VERGÜENZA Y DEL PARAÍSO


Empecemos por definir, intimidad. He reunido cinco definiciones que comprenden creo yo, un suficientemente aclaratorio muestrario, de como está la cosa:

1ª. Pensamientos y sentimientos íntimos de un persona.
2ª. Cualidad de íntimo.
3ª. Amistad íntima.
4ª. Vida privada.
5ª. Órganos sexuales externos de una persona.

Se puede observar que las tres definiciones entre la primera y la última, son inherentes a estas. No podrían ser sin ellas. Existiendo a su vez, entre estas dos, la primera y la última, una relación indisoluble, que nos lleva al pecado original. La mancha con la que, en el ámbito judeocristiano, nacemos, como una suerte de herencia. Un castigo por un pecado que nosotros no cometemos. Una  injusticia al fin. La mancha de la vergüenza por la desobediencia de nuestros paradisiacos padres. Vergüenza unida inexorablemente a la percepción de nuestra desnudez. Esto, por sí mismo, no habría constituído motivo suficiente para escondernos. Las hojas de parra, sustituidas por telas y demás,  hicieron su papel, y hubiesen sido suficientes para proteger nuestro pudor.

Pero escondemos algo... algo indefinido... si... pero es algo ¿metafísico?..., perdón por abundar de nuevo en el universo judeocristiano, es la dualidad. Son Caín y Abel. El Bien y el Mal. Yo me escondo, y así, tú no sabes, si hago el bien o el mal. Tú te escondes y yo no sé, si haces el bien o el mal. Esto nos protege al uno del otro, pues no sabemos como es el otro y en consecuencia nos mantenemos alerta. Entonces se podría decir que, lo que nos hace reclamar nuestra intimidad, es el miedo. El miedo a que descubran nuestra diferencia, o sea, nuestra individualidad. Un miedo a la exclusión, a la expulsión del edén.

Las redes sociales, a las que todo el mundo, o casi todo el mundo se adhiere con simpatía, sustituyen en parte al confesionario. Ni siquiera tenemos, al menos eso creemos nosotros, que hacer penitencia. Nos ayudan a desnudarnos sin miedo a mostrar, ya sea  a cara descubierta o bajo pseudónimo, nuestra forma de ser, en cierta medida, nos ayudan a crearnos la falsa ilusión de  no desaparecer del todo, en una sociedad que nos anula como seres humanos individuales. Lo que hasta cierto punto puede estar bien.

La otra cara de moneda es que pueden estar vigilándonos. Si, desde luego que nos vigilan. Pero siempre nos vigilaron. Otra cosa es, que los métodos para hacerlo se perfeccionen pero, ¿por qué motivo esto debería asustarnos o hacernos sentir agredidos en nuestra intimidad, sino fuese por ese sentimiento de culpa que llevamos grabado a fuego en nuestro inconsciente?. Muy por el contrario, deberíamos sentirnos más a gusto y protegidos, de ese supuesto mal que nos amenaza en el otro e incluso, en nosotros mismos, y que incluye las injusticias más devastadoras.

Dentro del método que sigue la sociedad occidental del desarrollo, este apartado de la vigilancia no es peor que otros, y deriva de esos otros que aceptamos sin rechistar. De aquellos polvos vienen estos lodos. O renunciamos a todo o acatamos las imposiciones, como por otra parte venimos haciendo desde aquél rebelde y revelador momento en el que Dios dejó muy claro, quien mandaba, y desapareció tras una cortina de humo, como un mago prodigioso. 






He intentado dejar, un comedido mensaje de tranquilidad, que a mi misma me ha sorprendido, puesto que se encuentran ante una de las personas más conspiracionistas de mundo, que ve siempre una malsana intención en cualquier cosa que proponga / imponga, el sistema. Pensándolo bien, tampoco es que esté defendiéndolo, sino que, objetivamente creo, analicé un pero,  que escuché durante mucho tiempo... ahora ya menos, se nota que nos hemos sometido una vez más.



begoña casáñez clemente

viernes, 19 de enero de 2018

                                                          



                                                                       








                                                        LA BUFANDA INFINITA

                                                              PUNTO INGLÉS


Primera vuelta, sacamos el primer punto sin tejer, y tejemos un punto del derecho, un punto del revés , y punto del derecho al terminar la vuelta, acuérdate.  Todas las demás vueltas las tejemos tal y como se presenten los puntos, del derecho donde hay un punto derecho, del revés donde hay un punto revés, pero en lugar de pinchar el punto derecho como de costumbre, pincharemos el punto en la vuelta de abajo. Tejes una tira de ciento cincuenta centímetros, y ya tienes la bufanda infinita. Es muy práctica. Cuando hace mucho frío, se deja caer asi por la cabeza, se da una vuelta al cuello, y ya, ¡cabeza y orejas también calentitas!.

Pilar,  enamorada y resuelta mujer de Luis, había decidido no dejarse abatir por las circunstancias y, sacar adelante a sus hijos, en tanto que su esposo, a quien la empresa naval en la que había consumido sus años más enérgicos,  había puesto de patitas en la calle sin mayores explicaciones, encontraba un nuevo trabajo. Era vergonzoso  que  a estas alturas, aún dominase un  caciquismo protegido por el estado,  supuestamente de derecho, que anulaba al trabajador, al punto de que su vida, no valía más que la de cualquier máquina, las cuales eran cuidadas y veneradas como diosas.
Luis aún era joven. Su especialidad era necesaria, pero no supo ponerse al día con las innovadas fresadoras.  Para ello, se  volvía imprescindible recibir una preparacion a la que él no había podido acceder, entre otras cosas, por la larga jornada laboral, de manera que de poco sirvieron sus desvelos manteniendo engrasadas y a punto las primeras máquinas, a las que mimaba como a hijos, ni el hecho de no haber faltado ni un solo día a su puesto de trabajo, o no haber llegado nunca con retraso durante dieciocho años. El treinta de  diciembre del  dos mil dieciséis, Luis, junto con cinco compañeros más firmaban, engañados, y vestidos aún con sus monos añil,  una baja voluntaria que les costó, además del cese laboral, sus paupérrimas consecuencias. No recibieron finiquito, ni tuvieron derecho a ningún tipo de prestación.  Despojados de  dignidad, fueron arrojados al despiadado mundo de la supervivencia diaria.


Estos seis hombres, se reunían para desahogarse. Paseaban pergeñando un plan de venganza. Se sumergían en el limbo de la insignificancia y el odio, y veían a todos y a todo, con el resabio amargo,  de  perros maltratados por un amo insensible.
                                             


                                                             EL ESLOGAN


Pilar, junto con sus púberes hijas, Gloria y Esther, tejían, cada una, una bufanda infinita al día, las cuales, les dejaban una ganancia neta de trenta y séis euros. Pilar además, limpiaba  un restaurante situado a las afueras de la ciudad, por lo que recibía  quinientos euros mensuales. De esta cantidad descontando el transporte, quedaban cuatrocientos ochenta euros, que completaban un sueldo que les permitía superar el día a día.  Este último trabajo lo hacía a escondidas de su marido, pues el pretencioso comedor, era propiedad de  la familia Estevan, caciques dueños del astillero, que le habían despojado de todos sus  derechos . Asi que él suponía que Pilar se levantaba tan temprano, para cuidar  niños de padres trabajadores.


Luis andaba perdido y cada vez más arisco, acotado por una barrera de recelos que hacía imposible la comunicación. Pasaba las tardes con sus humillados compañeros  alternando las casas. Cuando visitaban la suya, Pilar les preparaba una cena, pues las veladas, a menudo se alargaban  hasta el amanecer, lo mismo hacían las esposas de los demás, al menos así, los tenían en la casa, sin pasarse las noches en vela esperando que regresasen. El pasillo que separaba las habitaciones del salón, era lo suficientemente largo como para aislarlas, una vez cerradas las puertas,  de voces y de humo. Los seis hombres, hablaban durante horas intercalando largos silencios con la mirada fija. Rumiaban su situación. No tenían nada. Ni trabajo ni posibilidades de tenerlo, y porqué no decirlo, tampoco ganas de pelear. Aquél revés les había llegado demasiado tarde, cuando el ímpetu de la juventud ya no les correspondía, y la rutina enajenante, les había convertido en  mecanos, serviciales pero no responsables. Durante años repitieron sus actos de acuerdo a un programa que se les había impuesto, y mansamente, se dejaron llevar, pero nunca habían tomado decisiones que implicasen iniciativa.  Ellos no eran conscientes de esta complicación, lo que les hacía sentir un rencor confuso, pues algo más les debía la empresa que no lograban dilucidar, y en lugar de favorecer los valores positivos que les estimulasen a la recuperación, se enfrascaban en recuerdos que acrecentaban el odio cuya semilla, había encontrado un ambiente ideal para germinar, en aquella camarilla desocupada y ofendida.

Una de esas amargas tardes de tertulia, la televisión emitió las imágenes truculentas de un espantoso crimen. Un atentado en un aeropuerto de una ciudad europea, reivindicado por un grupo que se hacia llamar, Estado Islámico. Aquellas pavorosas secuencias de gente ensangrentada, de niños llorando y heridos también, fue aire que prendió la estopa sobre su candente resentimiento visceral.
Dedicaron obsesivamente su  atención a este tipo de ataques, que en aquel momento parecían no ir a parar nunca. Cada semana se producía un nuevo atentado. Occidente se sentía amenazado y, en las cadenas de televisión proliferaban programas en los que se intentaba propagar el miedo. No pudieron predecir, porque no supieron,  las consecuencias de la xenófoba decisión que iban a tomar, y que, sin darse cuenta, volverían  de nuevo a repetir el patrón de  sumisión a algo superior que marcaba las pautas a seguir, a través de la voz del locutor de televisión. Sus confundidas mentes hallaron  pronto un solapado y falso caudillo,  cuyos deseos tácitos les llegaban a través de las ondas. Necesitados de guía y protección, comenzaron a actuar cumpliendo sus delirios.  El eslogan era: "ODIO AL DIFERENTE", y el diferente, no era otro que el musulmán.  Desde ese momento los culpables de todos los males del mundo eran, como por otra parte siempre habían sospechado, por su educación católica, heredera de Cruzadas, aquella gente extraña, de costumbres sucias, que entraban  descalzos a sus templos, después de lavarse las manos y la cara, que rezaban separando mujeres de hombres, que vestían con faldas y no comían de dia durante un mes al año. La televisión hablaba siempre de esta religión que miraba a la Meca, mezclada con la sangre y los gritos de dolor de atroces ataques contra europeos. Era inevitable que gente como Luis y sus colegas, enardecidos por el mal que en forma de despido y de futuro incierto, les habia sobrellegado como una enfermedad violenta y fatal, enfocasen su impotencia contra aquella amenaza que tan cerca de ellos  y  de sus familias rezaba.  Debían defenderse.

El soñador Luis, que no creía en las casualidades, y pensaba que todo lo que ocurre tiene un sentido, supo encontrar  el  argumento para su injusto paro, tan a propósito del de sus colegas.  Eran seis,  que convenientemente organizados, podrían actuar. Se trataba de dejar claro a los musulmanes, que cada vez en mayor número infestaban su pequeña ciudad, que no eran bienvenidos, que mejor regresaban a sus tierras estériles a rezar y ayunar y a comer dátiles, o lo que fuese que comiesen.  Lo primero era localizar a quienes pensasen como ellos, o que pudiesen llegar a hacerlo.  Después de la reconversión naval, era fácil encontrar entre las restañantes paredes esmaltadas  de los bares de los barrios periféricos,  parados que mataban las horas jugando, estos al dominó, los otros al mus. Esta gente, como ellos, estaban resentidos, y muchos compartían la idea de que "los moros" estaban invadiendo España, con la intención de recuperar lo que una vez habian conquistado y dominado durante siglos.  Poco a poco fueron sintiéndose  paladines de un credo  aranero y vergonzante.

Cuando este patético grupo, despojado de dignidad y de empatía, pero no de ignorancia, aumentó su número en veinte personas, comenzó a actuar.  Pegaron carteles e hicieron pintadas  con mensajes xenófobos, en todos los muros que ofreciesen un mínimo espacio, cuya intención era atemorizar a las personas  de religión musulmana, y ya puestos, a todos los inmigrantes que se habían instalado en la ciudad, apropiándose de los puestos de trabajo, que tanto necesitaban  sus genuinos habitantes.

El primer ataque, fue cosumado apenas seis meses después de haberse creado el grupo.
Cuando los despreocupados feligreses de la mezquita, estaban celebrando la oración de la tarde, los veinte integrantes de la fracción, entraron con pasamontañas y escopetas, dispararon al aire mientras con spray rojo escribían  "No os queremos aquí ", en las paredes cóncavas del recinto, ante la mirada desconcertada de los fieles descalzos.
Pero esto había sido sólo un aviso. Planearon algo de mayor embergadura, cuyo eco llegase a la televisión y  al mundo entero.




                                                         LA GÓNDOLA



Pilar cada madrugada, se tomaba un café con  Hana y Bashira, dos mujeres persas que, junto a sus maridos se ocupaban del mantenimiento del gigantesco restaurante de los Estevan, en horario noctuno y sin contrato. Las mujeres, que se habían hecho buenas amigas, se repartían el trabajo, que era mucho, y mantenían un ambiente animoso, a pesar de las  condiciones laborales.
Este fin de semana se celebraría un banquete de boda en La Góndola,  nombre del ostentoso comedor, que lucía sobre la ancha puerta de entrada, una góndola auténtica, traída de Venecia, con un gondolero de cartón piedra provisto de remo, canotier y jerséy de rayas. - ¡Todo debe quedar impoluto, no permitiré ni un solo fallo!-  había advertido Luis Miguel, el patriarca de la empresa, sin mirarles a los ojos. Fué por lo que a la cuadrilla habitual se unieron Gloria  y Esther, que se ocuparían de los adornos florales del exterior, por supuesto sin recibir ninguna retribución, solo en calidad de apoyo para su madre. Así que, alli estaban las cinco mujeres y los dos hombres, dispuestos a dejar reluciente el barroco salón nupcial.
A esas horas de la noche  hacía frío y Pilar y sus hijas se pusieron sus  bufandas infinitas, Hana y Bashira, ya llevaban cubiertas sus cabezas.

Mientras tanto,  los inminentes fraticidas, fumaban impacientes cigarrillos, esperando el momento de actuar. Se pintaron la cara y las manos de negro, vistieron ropas oscuras y pasamontañas, ebillaron sus cananas alrededor de la cadera  y salieron, atravesando el olivar de Fernández,  hasta el sendero que por la parte trasera llegaba a La Góndola, conocedores de que la familia persa, comenzaba su labor antes del alba.

Descerrajaron ciegos disparos contra los siete abusados trabajadores que en ese momento, miraban entre risas al endurecido gondolero, que iba necesitando una mano de pintura.



                                                             FIN

domingo, 14 de enero de 2018

                             

                                                             


                                                                                 





                                                                     LA PECERA



"Todo nace y fenece siguiendo la ley;  pero sobre la vida del hombre, domina una suerte inestable".
( GOETHE, Gedichte, Euphorsine, 1799).


                                                                       

La sala del tanatorio aparecía rebosante de gente hablándose entre sí,  modulando las palabras  más de lo habitual, como si estas llevasen, contenida en ese ritmo más pausado, una protesta. A Sara, le recordaban a sus alumnos, cuando después de reprenderlos, cuchicheaban, generalmente de dos en dos. Uno, el que hablaba, tapándose ligeramente la boca para evitar la posibilidad de que le leyesen los labios, y vigilando con ojos cimbrantes, temeroso de que alguien pudiese descifrar lo que le decía a su compañero, quien generalemente escuchaba de mala gana, con la mirada clavada en el suelo, dejando claro que él no era el culpable de la distracción.
Esta era la sensación que le transmitían todas aquellas personas, que miraban a quien entraba de reojo, e incluso había quien se volvía de espaldas, lo que abrumaba  al recién llegado, ya de por sí desconcertado, que se sentía indeseado dentro de aquella improvisada secta, cuyo credo le era completamente desconocido, y que los otros compartían en un susurrante murmullo ensordecedor. De manera que una necesidad imperiosa de huir la acuciaba, apenas hubo entrado a la sala.

Llegó con las botas salpicadas del barro, la gabardina empapada, el corazón agitado, la necesidad de vomitar, y muy turbada. Buscó nerviosa entre la gente una cara conocida, pero apenas podía ver, las lágrimas se lo impedían. Avanzó con dificultad. Mientras esquivaba a ciegas a la gente, se daba cuenta que cada vez estaba más cerca del terrible cristal, que dejaba muy claro que ya nunca más volverían a verse, que su mundo y el de él se habían separado, ahora sí, definitivamente. Esa certidumbre fatal, era la que la demolía y la hacía sentir un profundo dolor, y un ridículo enfado. Todo esto se materializaba en un nudo, que como una bola de acero atravesada en su garganta, hacía brotar de sus ojos infatigables lágrimas. Sus velados pasos la llevaron hasta el fondo de la sala. La gente se prolongaba, al parecer sin prisa. Continuaban hablando, alternándose la palabra, con ese discurso lento. Ahora apoyaba su espalda contra el vidrio.  Quiso girarse, pero no pudo. Necesitó gritar, pero no lo hizo. Era como si nadie la viese. La gente, pensó, era insensible, solo estaban allí figurando, mantieniendo una pose. Pero la mayoria eran actores pésimos, cuya artificiosidad repugnaba. Porqué no se iban y dejaban a los que le querían, recordarle en aquellos momentos álgidos.

Estaba claro que la muerte no era del agrado de nadie. Tan solo bastaba recorrer aquella escena, con una mirada mínimamente capaz, para verlo. Gente hablando con gente, hablando sin parar de espaldas al cristal, o mirando al suelo fijamente. La caja de madera bruñida con su cuerpo dentro, y las flores y el frío, detrás de un muro transparente, como en una pecera de un centro comercial. Estaba allí, muerto, y si embargo era como si no estuviese. Todo el mundo hablaba y hablaba, pero nadie miraba la caja que contenía el cuerpo del amigo, a baja temperatura, como una mercancía que deberían despachar con premura. Era mejor no mirar, para no tener que reconocer, que esta vida se acaba. Que todos estamos condenados a la inexistencia. Que nuestros cuerpos, un indeterminado pero cierto día, serán los que ocupen una caja dentro de la pecera.

Sara no tenía tantos años y sin embargo, era testigo de un cambio radical en el trato a los muertos. Tal vez su rechazo fuese natural, y se necesitasen dos generaciones más, que no pudiesen recordarlo por no haberlo vivido. Cuando murieron sus abuelos, incluso su tío, los velatorios se celebraban en casa. Esta se volvía de alguna manera, sagrada. Se acompañaba al fallecido en ese trance, sin dejarle solo ni durante la noche,  y esto se hacía por amor, o cariño, amistad o respeto. Aquella próximidad de las últimas horas, era la más intensa posible, ya que concluía en una separación definitiva. Eran sus postreros momentos entre los vivos, algo que él, el muerto,  había dejado de ser, pero que era lo único que había sido. Todos contaban anécdotas, unas graciosas, otras tristes, la vida en fin, de quien hoy se había ido, y todas se narraban con vehemencia, afianzando así su recuerdo en la memoria. Seguramente que andaba ya muy lejos, cuando los amigos le velaban, tomándose un licor mientras entraban y salían, varias veces durante su visita, con los ojos llorosos, en el infeliz cuarto, trocado por un día en altar improvisado. La caja, unas velas y tal vez unas flores a los pies del féretro, y el amigo muerto, el padre muerto, o incluso, en inconcebibles ocasiones, el hijo muerto. Eran sin duda, momentos amargos, pero envueltos en una extraña dulzura, que, a pesar de la tristeza los volvía entrañables, y sobre todo, necesarios. Sara, se daba cuenta, que cada vez más, todo iba reduciéndose a gélido  protocolo.

Las lágrimas parecían haberse solidificado en sus ojos, o tal vez el rimel se le hubiese mentido en ellos, porque no conseguía ver con nitidez. Una de las voces que escuchaba, le resultaba conocida, pero era inútil intentar aclarar el rostro de quien hablaba. Además, la taquicardia no cesaba. -¡Qué torpeza!-, había dejado el bolso con el Lorazepan  en el coche. Siempre con él a cuestas y, ahora que de verdad lo necesitaba, no lo tenía a mano.

-¿ Pensando en las musarañas?.- le habría dicho su padre,- y ella creería, hasta que un veterinario le advirtió, que debería cuidar que su gato no matase musarañas porque eran una especie protegida, que estas eran insectos imaginarios, y que cuando se decía de alguien, que estaba pensando en las musarañas, era tan solo una forma hablar. Entonces llegó a casa, y las buscó en Google, y allí estaban, aquellos pequeños ratoncitos, de morro afilado, con una nariz negra y redondeada.

- Parece que se golpeó  violentamente la cabeza contra el volante. Los airbangs no se activaron y no llevaba abrochado el cinturón de seguridad.

Pudo escuchar a alguien decir cerca de ella, y un sentido sollozo, y un -¡Dios mío!-, y un - ¡Es terrible, no puede ser!-, y un  - ¡Se acabó, así es la vida!-.


Una mujer con traje de chaqueta negro, entró por una puerta situada  a la izquierda de Sara.  Otra mujer caminó hacia ella.  ¡Era su hermana Azucena!. La mujer del traje le dijo algo acercándose mucho  y poniéndole la mano en el brazo.  Azucena, mordisqueando un pañuelo blanco, salió tras ella. Logró colarse cuando la puerta casi estaba cerrada, nadie pudo verla entrar, sentía la infantil necesidad de esconderse, las siguió  por un pasillo largo y ancho con ventanas a la derecha, y las  puertas de las diferentes salas a la izquierda, era la avenida por donde circulaban los muertos en sus cajas, al ser transportados a sus peceras.
Llegaron a unos acensores, ellas entraron. Sara, descendió a la par las escaleras hasta el sótano 2 con los ojos cerrados, y al volver a abrirlos, ya secos de lágrimas, leyó B.17, en una placa sobre el dintel de la puerta abierta a la que se enfrentaba. En la habitación a la que daba paso, dispuestos como en un decorado de un teatro de aficionados, una mesa, dos sillas y un archivador. El féretro abierto en aquél desconcertante momento, bajo la luz despiadada de los fluorescentes, era tan solo burocracia y rutina, una pura formalidad.

Lo primero que vio fueron sus manos colocadas una sobre la otra a la altura del estómago. Tardó unos segundos en renocerlas, pues desde esa perspectiva,  jamás el espejo se las había devuelto. Lo mismo le sucedió con la cara. Nunca se había visto de frente salvo en fotografías, mucho menos dormida, así que necesitó unos electrizantes segundos, hasta verse a si misma en aquél rostro inmóvil, y maquillado en exceso, para disimular los estragos del golpe mortal.
                                                                  

                                                                         FIN



begoña casáñez clemente

martes, 9 de enero de 2018

                                                              
                                                                         







                                                              CAPITULO 2 

                                                               
                                                               CASANDRA




Casandra,  miró por la ventana de la cocina al jardín redondo de cesped denso, que la separaba de La fortaleza. Incapaz de carearse directamente con su silueta formidable y atroz,  fue alzando la vista lentamente.   Múltiples líneas purpúreas, como diminutos ríos, abarrotaban el territorio níveo de sus globos oculares.  Profundas simas los esperaban agrandándose, en el centro  de  un iris  camaleónico, como un mar circular que se mimetizaba con la grisura plúmbea del cielo.  Pero antes de llegar a enfocar el recortado  horizonte de calicanto, bajó de nuevo la mirada hacia las baldosas heladas y los dedos irregulares de sus pies.

Trastorno delirante, había diagnosticado el psiquiatra. Fácil salida la de meter en el mismo saco angustias que comparten acaso, tres o cuatro rasgos. Tal vez al final sea así, y todas ellas ocupen una misma talega sin fondo, pues no hay nadie inmaculado, sin mancha de miedo, pudiera ser, quizás, aquel saco del hombre que se llevaba a los niños malos.
Su depresión, este es el nombre con el que bautizamos los terrores adultos, no era endógena, no la causaban tampoco pensamientos recurrentes o dudas abstractas.  El quiz de su patología estaba allí dentro. Bajo el esquinada masa cúbica de La fortaleza. Era, más bien una investigación policial antes que una psicológica, lo que, agotada de tanta incomprensión y obtusidad ajena, necesitaba.
Lamentó haberse acercado a la ventana. Volvió a su habitación, donde pasaba los días sentada sobre la cama, tejiendo jerséis de extraños colores, que nadie se pondría jamás.

Chirriaron  las bisagras de la puerta principal, su madre volvía de la compra. Pudo escuchar, el restallido de las llaves  al soltarlas en el mármol semicircular de la consola del recibidor,  el sonido hueco de los zapatos al descalzarlos, el eléctrico de la chaqueta de poliéster  al separarse  del forro del abrigo azul,  el de las medias al rozar el plexiglás exótico de las zapatillas de bazar chino, y la respiración de aquella mujer, ya enfrentada a la evidencia de haber llegado al borde del precipicio. Pero todos estos sonidos no podían distraerla del zumbido constante que aturdía sus días y que sólo ella pareciera oír. Todos callaban, pero estaba segura de que aquel siseo calaba en cada uno de los vecinos, que habían consentido, y tal vez conseguido, olvidarse de él.


*EL MITO DE  CASANDRA.Apolo se había enamorado de Casandra y le prometió a la joven el don de la profecía si aceptaba entregarse a él. Ella aceptó, pero una vez iniciada en las artes de la adivinación, se negó a cumplir su parte del trato. Ante esto, Apolo le escupió en la boca y le retiró el don de la persuasión, por lo que aunque ella dijera la verdad, nadie le creería.